PROSTITUTAS EN ARGENTINA

A fines del siglo XIX, algunos proxenetas argentinos “avivados” viajaron a París exclusivamente para reclutar carne fresca. Se sabía y se exageraba que las francesas, sin tanto prejuicio ni tabú como las mujeres locales, eran especiales para el amor. Dominaban la felatio, por poner un simple ejemplo, que era una particularidad gala, y las mujeres de aquí no tenían un conocimiento duro, no sabían bien qué hacer con su saliva y lo consideraban asqueroso.

Engañadas, recalaban las niñas en Buenos Aires con contratos de trabajo falsificados que especificaban su condición de maestra de idiomas, de bordados, de repostería, burlando así a las autoridades de una inmigración Argentina creciente. Una vez adentro, los cafishios les retenían los documentos y las obligaban a trabajar ofreciendo su cuerpo. Sin chances, las francesas (en su mayoría) y también polacas, ucranianas y rusas, accedían y a muchas se las enviaban a Rosario (La Chicago Argentina), y trabajaban de noche y también trabajaban de día. A veces hasta 72 hs de corrido.

En la localidad de Granadero Baigorria existe el cementerio que guarda los restos de todas estas niñas. Ustedes pueden visitar el Campo Santo de principios de siglo pasado y, previa propina al encargado de turno, caminar por intramuros hasta una puerta de hierro en un costado del cementerio, que da paso a un predio oculto donde descansan los restos de las prostitutas extranjeras. Lápida por lápida, verán niñas entre 20 y 25 años que murieron probablemente a causa de enfermedades venéreas, tuberculosis, drogas y alcohol.

No quiero olvidarme de una particularidad increíble: hay una docena de tumbas de hombres, digamos exactamente de sus dueños (mantenidos), que siguiendo el código de honor pidieron ser enterrados entre las mujeres que trabajaron para ellos.

La Curia y las autoridades de la época determinaron que no podían estar junto a los muertos buenos, por eso están fuera del perímetro Católico. Y lo cierto es que hoy es un paseo clandestino donde, según cuentan los sepultureros, se suelen acercar documentalistas europeos para corroborar la leyenda y sacar fotos porque parece que en el mundo no existe algo remotamente parecido.

Por Javier Maldonado

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