Enrique Santos Discépolo

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO
(Los cuentos de Cardillo)

SUICIDIO EN EL RIO
Un día conoce a una mujer. Se enamoran y, aduciendo que el mundo no los comprendía, deciden suicidarse al amanecer tirándose al Río de la Plata. Se citan a las siete de la mañana en un determinado lugar de la costanera.
Los dos pensaron toda la noche que el otro no iba a acudir. Al final fueron los dos.
Discépolo llega un rato antes y espera debajo de una lluvia torrencial. A las siete en punto frena un taxi y baja “ella”. Tenía piloto y paraguas. Cuando se acerca a él, Discépolo lleno de furia y tristeza, le dice que jamás se suicidaría por una mujer que, segundos antes de arrojarse a las aguas de un río está tratando que la lluvia no le moje el peinado, y se fue dándole la espalda (para siempre).

DEUDAS
Tania, su mujer, le reprochó la falta de dinero y lo amenazó con no ir más a la verdulería, a la carnicería y a la tintorería, ya que les debía a todos y le daba vergüenza.
Discépolo, con su paz antes estos pequeños detalles de la vida, le ordenó a su mucama citar a las 17 hs de ese día al carnicero, al verdulero y al tintorero a tomar el té.
Los tres acudieron al encuentro, teniendo en cuenta que compartir una charla con él era motivo de orgullo. Tania permaneció en el dormitorio, negándose a presenciar semejante osadía.
Discépolo hizo servir el té en finas tazas. Antes que se retire la sirvienta él la frenó y le dijo: “quiero que le cuente a los señores cuántos meses de sueldo le debo, no vaya a ser cosa que crean que soy millonario”. La muchacha dijo que adeudaba seis meses y se retiró a la cocina.
“Caballeros, en este momento estoy pasando por una situación de pobreza franciscana, pero debo seguir comprando carne, verduras y planchando mis trajes y los vestidos de mi mujer. ¿Habría problemas en que siga contando con la amabilidad de ustedes hasta que tenga dinero para pagarles?
Los comerciantes se deshicieron en gentilezas y aprobaciones para que tan distinguido personaje siguiera comprando en sus negocios. Ellos pensaban que, a pesar de todo, era el cliente más importante que tenía.
Cuando se fueron apareció Tania pálida de vergüenza. Discépolo le dijo “¿Viste qué fácil? ¿Para qué tanto problema?”
Demás está aclarar que la toledana no volvió a esos negocios, mandaba a la mucama. Al tiempo, Discépolo aparecía con dinero y pagaba las cuentas dejando una propina mayor que la deuda que tenía.

SEÑORITA REFINADA
Estando con unos amigos en el hall del teatro donde había sido invitado a presenciar un estreno, se le acerca una mujer refinada y de perfectos modales. Sin reconocerlo, le pregunta: “Caballero, ¿me podría indicar dónde está el tocador de damas?”
Discépolo le tiende la mano y le dice: “Soy yo, señora, a sus órdenes”.
La mujer en cuestión le pegó un cachetazo y se retiró sonrojada.

AÑO NUEVO
Un año nuevo, levantando su copa se dirigió a la concurrencia (su mujer y algunos amigos) y dijo: “Brindo por el año que comienza, porque no pienso hacer nada hasta que se termine”.
Y así lo hizo. Se pasó un año entero durmiendo hasta el mediodía, leyendo, en el café con los amigos y sin atender el teléfono ni el timbre de la puerta hasta que llegó el otro año.

PERONISMO
Al crear el segmento radial de “Mordisquito“, Discépolo se ganó la antipatía de una gran porción de gente del ámbito artístico, los cuales no le perdonarían jamás que ayudara al general. Sabido es que el poeta nunca se afilió al Partido Justicialista, decía ser sólo amigo de Perón y que no pertenecía a partido alguno. La “Izquierda“ pesaba entre los intelectuales de la época y la Sociedad Argentina de Autores y Compositores se inclinaba en la balanza para ese lado. Algunos amigos de años miraban para otro lado cuando cruzaba Enrique, o lo dejaban con la mano tendida y el saludo en la boca.
El día de su cumpleaños número 49 (murió a los 50) sus compañeros de escenarios y películas lo homenajean con una cena en un restaurante a puertas cerradas. Todas las invitaciones estaban (supuestamente) repartidas. La mesa larga, coqueta y bien dispuesta servida para más de cien comensales.
A las 22 hs (hora del convite) sólo estaban Tania y Discépolo. Nadie acudió a la cita. Una artera y sucia cachetada de sus ex amigos y compañeros.
Cuentan que Discépolo lloró y se preguntaba porqué se manejaban con tanta ignorancia. A pesar de todo ordenó la comida y cenó solo con su esposa entre tantas sillas vacías y un ramillete de mozos para nada.
Sufrió mucho y, según su mujer, aceleró su muerte poco tiempo después.

EL KIOSCO DEL POLACO
Discépolo, a raíz de sus pulmones maltrechos, se asomaba todas las mañanas al balcón a oxigenarse un poco luego de despertar (4* Piso de Callao y Córdoba). Enfrente del edificio había un kiosco de un polaco. Ese hombre, cada vez que veía al poeta, lo saludaba agitando su mano. Enrique le devolvía el saludo y era una rutina que duró años aunque nunca habían cruzado una palabra. Cierto día, el kiosco se prende fuego y el polaco llora por la pérdida de lo único que tenía para subsistir.
Enrique contempla desde su balcón y baja para ayudar. En ese momento (como tantos en su vida) el autor se encontraba sin dinero. Resuelto, caminó por Callao hasta Corrientes entrando en todos los negocios a pedir ayuda para el polaco. Era Discépolo, ¿Quién le negaría algo?
Regresó con una cantidad de dinero como para dos kioscos. Se lo entregó al hombre y le auguró éxitos.
Siguieron saludándose cada mañana como si nada hubiese pasado.

MILITARES
Un estúpido militar asume como Ministro de Cultura y ordena que se quite el idioma lunfardo de las músicas y otras prohibiciones por el estilo. Todos critican la medida, hasta que piden la opinión de Discépolo en una nota radial. “Me parece acertadísimo el nuevo reglamento, es más, ya cambié el título de mi tango “Yira, yira“, y lo rebauticé “Caminad, caminad“. El ministro renunció.

Por Javier Maldonado

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