EL MEJOR MEDICO DE EUROPA

Quizá si Suetonio hubiera estado más despierto, habría añadido a cada una de sus vidas, para comodidad de sus lectores, un resumen como este, pues, como dicen los filósofos, nada hay que no pueda reducirse a la unidad.

Así que habiendo nacido en Pavía, en el primer mes de mi existencia perdí a mi nodriza el mismo día que enfermó de la peste (según me contaron) y de nuevo se ocupó de mí mi madre. Me salieron luego en la cara cinco forúnculos en figura de cruz, uno de ellos en la punta de la nariz. Tres años después me volvieron a salir en los mismos sitios otras tantas tuberosidades, “viruelas” las llaman.
Cuando todavía no había cumplido yo los dos meses, Isidoro Campeggio, un noble de Pavía, me bañó desnudo en vinagre caliente y me puso en manos de una nodriza que me llevó a Moirago, caserío que dista siete millas de Milán en el camino que va a Pavía pasando por Binasco. En Moirago se me hinchó y se me puso duro el vientre en medio de un debilitamiento general. Se descubrió la causa, que era que mi nodriza estaba preñada, y me entregaron a otra más segura que me amamantó hasta los tres años.

A los cuatro me llevaron a Milán, donde mi madre y mi tía Margarita, su hermana, me trataban estupendamente. Sin embargo, mi padre y mi madre me pegaban en ocasiones sin motivo alguno y entonces enfermaba a pique de morirme; por fin, cuando cumplí los siete –ya mi padre no vivía con mi madre- y cuando precisamente podía ser considerado merecedor de algún que otro azote, dejaron de pegarme. Pero en modo alguno me abandonó mi mala suerte: cambié mis desventuras por otras, no las alejé de mí. Recién mudado pero obligado a ir y venir con mi padre y trasladado de la quietud más absoluta a aquel ajetreo constante, no es de extrañar que recién cumplidos los ocho años enfermara de diarreas y fiebre. Era un mal endémico por entonces en nuestra ciudad (aunque no pestilencial) y, para colmo, había comido a escondidas mucha uva en agraz. Llamaron a Angelo Gira y no di señales de salir con vida sino después de que mis padres y mi tía me lloraron como si estuviera muerto del todo. Un largo tiempo en la cama, en el encierro y el descanso, y aún estaba convaleciente cuando los franceses, tras derrotar a los venecianos en los confines del río Adda, hicieron su entrada triunfal, que pude contemplar desde mi ventana.

Acabó de partir de ahí la obligación de acompañar a mi padre y aquella fatiga constante, pero, sin restablecer de mi enfermedad, me caí por unas escaleras con un martillo en la mano que me golpeó en la parte superior izquierda de la frente. Aquel golpe que me di no dejó de afectar al hueso y me quedó una cicatriz permanente hasta el día de hoy. Meses después, apenas repuesto yo de la herida y estando sentado en el umbral de la casa, una piedra que vino rodando desde la techumbre de un edificio altísimo me hirió en la cabeza por la parte izquierda allí donde tenía más pelo. Y cambiábamos de casa y siempre hacía yo de acompañante, hasta que por fin, cuando cumplí dieciséis años, nos fuimos todos a la casa de los Bossi, junto a la tahona de los della Croce, donde Ottone Cantoni, banquero y rico, antes de morir, quiso nombrarme heredero de todo su capital, pero mi padre se opuso diciendo que aquel dinero había sido ganado sin honra. Así que los bienes del prestamista fueron repartidos al arbitrio del otro hermano superviviente, y digamos que ahí terminó la primera parte de mi vida.

A los diecinueve años fui con Giovan Ambrogio Tagi a la Universidad de Pavía, donde permanecí también al año siguiente. A los veintiuno hice mi disertación pública y enseñé a Euclides en la Universidad; algunos días enseñé dialéctica y también metafísica, en sustitución lo primero de Romolo, servita, y lo segundo y durante más días en sustitución de un tal Pandulfo, médico. Después de los veintidós permanecí en mi ciudad natal a causa de las guerras que azotaban y azotaban nuestra comarca.

A comienzos de 1524 me fui a Padua y de allí, a fines de ese año, en el mes de agosto y en compañía de Giovannangelo Corio me fui a Milán, donde encontré a mi padre gravemente enfermo. Más preocupado él por mi vida que por la suya me ordenó regresar a Padua, entusiasmado con la idea de que allí en territorio véneto habría de conseguir yo lo que llaman laurea in artibus. A mi regreso recibí carta comunicándome que había fallecido a los ocho días de negarse a comer. Murió el 28 de agosto y dejó de comer el 20, que cayó en sábado.

A los veinticuatro años obtuve el cargo de rector de los estudiantes de aquella Universidad y a fines del año siguiente el grado de doctor en medicina. Para lo primero fui elegido por un voto de diferencia en la segunda votación. Al doctorado accedí después de perder dos votaciones y cuando ya no quedaba sino una tercera y última oportunidad; salí elegido por cuarenta y siete votos contra nueve, en tanto que en la ronda precedente la distribución de los votos había sido exactamente inversa.

Muerto mi padre y transcurrido el período de mi cargo, recién cumplidos los veintiséis años, me fui a la aldea de Sacco, que dista de Padua diez millas y veinticinco de Venecia, con el beneplácito y el apoyo del médico paduano Francesco Bonafide. Este hombre, aunque yo no le había hecho ningún favor y ni siquiera había asistido a las clases que públicamente impartía, estuvo siempre de mi parte. Permanecí allí en tanto que mi tierra natal se veía azotada por toda clase de desastres: el año 1524 la peste, los años 1526 y 1527 una carestía mortífera (apenas se podía rescatar con dinero los pagarés firmados para el abastecimiento de grano, pues las tasas eran insoportables), el año 1528 epidemias y peste que solo se hacían más llevaderas al pensar que estaban devastando al mundo entero.

Poco antes de cumplir los treinta y un años me casé con Lucía Bandareni, vecina de Sacco, que después de dos abortos, me parió dos varones y entre uno y otro una hembra.

Hasta el día de hoy vengo observando cuatro cosas: que mis acciones llevadas a cabo antes del plenilunio siempre me salían bien; que comenzaba a abrigar esperanzas allí donde otros empiezan a desfallecer; que mi mala suerte se detenía en el último momento, y que casi todos mis viajes, inclusive hasta el día de hoy, los emprendí en el mes de febrero.

Al año siguiente decidí marcharme a Gallarate, donde permanecí por espacio de diecinueve meses durante los cuales recobré la salud y dejé la pobreza, pues todo lo dejé. En Milán, gracias a los superintendentes del Hospital Mayor y a la ayuda de Filipo Archinto, varón esclarecido y por entonces orador famoso, empecé a enseñar oficialmente matemáticas ya cumplidos los treinta y tres años. Se me ofreció un contrato para ejercer públicamente la medicina en Pavía, pero no acepté porque el monto del salario no daba para mi sustento. Dos años después, en 1536, me fui a Piacenza atraído por una carta del obispo Archinto –aunque todavía no era clérigo- dirigida sin éxito hacia el papa. También solicitó mis servicios de parte del virrey francés el ilustrísimo Renato Birago, jefe de la infantería del rey de Francia en Italia. Prometía muchas y grandes cosas pero nada se cumplió.

Al año siguiente entré en tratos con el Colegio pero me rechazaron del todo, con nada hay que tener mas cuidado que con los religiosos de buenas palabras y malas acciones. En 1543 enseñé medicina en Milán. Por aquellos días el cardenal Morone – al que menciono aquí para rendirle mi homenaje- me ofreció unas condiciones de trabajo nada desdeñables. Sin embargo, como le había dicho, soy “harpocrático”, si el papa es un anciano provecto, un muro ruinoso ¿Dejaría lo seguro por lo incierto? No alcanzaba yo a ver la rectitud de Morone ni el esplendor de los Farnese.

Un año antes, en 1542, yo había comenzado a trabar amistad con el gobernador de Milán Alfonso de Avalos, marqués del Vasto, que me prestó algún apoyo y me ayudó mucho, y más me hubiera prestado de aceptar yo. Y pasó otro verano y entonces volví al ejercicio de mi profesión, y al año siguiente, gracias a las gestiones de mi amigo el celebérrimo Andrea Vesalio, el rey de Dinamarca me ofreció un contrato de 1300 escudos anuales, que no quise aceptar a pesar de que se añadían los gastos de mantenimiento. Y obré así por dos razones: por lo duro del clima de aquellas tierras y porque allí siguen otro rito en materia religiosa, de manera que yo o no caería bien con el mío o me vería obligado a abandonar la religión de mi patria y mis antepasados. Agradecí a Andrea con una extensa carta y traté de convencerlo de no iniciar su peregrinación pues sabía que estaba metido en una trampa divina; al fin viajó, cruzó el mar Jónico y falleció en Zante, como yo lo había previsto. Por mi parte, sin salario ninguno y con más de cincuenta años, me quedé en Milán.

A medida que el hombre envejece mengua su creencia en la inmortalidad del alma, y el hombre sin embargo debe vivir, a merced de la adversidad y del azar así como de su juicio y de su propia astucia. Al cabo de un mes, en febrero de 1552, se me presentó la oportunidad de ir a Escocia. Acepté y recibí antes de mi partida 500 escudos de oro franceses y 1.200 para el regreso. Permanecí en Escocia trescientos once días, y pude ganar mucho más dinero si me hubiera quedado. No me arrepiento.

Del 1 de enero de 1553 hasta el 1 de octubre de 1559 pasé mi vida en Milán. Mi fama ascendía y la gente hablaba de mí como el mejor médico de Europa. Rechacé por aquellos días ventajosos contratos: uno del rey de Francia por no molestar a los imperiales, ya que el emperador y el rey andaban metidos en guerra; otro, poco después de volver de mi viaje a Escocia, ofrecido por el duque de Mantua a instancias de su primo don Ferrante; un tercero hubo antes que el anterior, más sustancioso, aunque en tierras demasiado lejanas, con la reina de Escocia, a cuyo cuñado curé de un principio de salmonella.

En el año 1559, poco después de llegar a Pavía, ocurrió estando yo allí el percance que dio lugar a la muerte de mi hijo. No sé qué debería contar sobre eso, solo decir que siempre estuve de su lado y que todo ese asunto me perseguirá el resto de mi vida. Contra el viento y pese a todo, aguanté en dicha ciudad hasta el año 1562 cuando me llamaron desde Bolonia. Acepté el puesto y allí enseñé sin interrupción hasta el año 1570. El 6 de octubre de ese año me metieron en la cárcel, en donde, si no tomo en consideración que me quitaban mi libertad, me trataron muy cortésmente. El 22 de diciembre de 1570, a la misma hora y el mismo día de la semana en que fui detenido, esto es, viernes y al caer la noche, regresé a mi casa en libertad vigilada: mi casa era mi segunda cárcel para mí. La duración de mi encarcelamiento fue de 77 días, el período de libertad vigilada duró 86. En total 163 días.

Me quedé en Bolonia hasta cumplidos los setenta años y, a últimos de septiembre, marché a Roma, adonde llegué en la famosa jornada de la victoria contra el turco, el día 7 de octubre. La batalla naval de Lepanto, puedo decirlo, ha sido un triunfo verdaderamente épico e impresionante: he atendido a toscanos tuertos, españoles tartajosos, venecianos patojos, hocicudos sangrientos, putas y maricones reventados por todos lados pero festejando durante largos días y largas noches, los daños del enfrentamiento han vigorizado el cristianismo que se esparce por doquier.
Yo moriré pronto, en Roma y viviendo como un particular. El Colegio me ha admitido entre sus miembros el 13 de septiembre, el papa me pasa una pensión.

Por JAVIER MALDONADO

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