Crimen en el monasterio

Se había edificado en el año 800 dc y lo recorríamos con Margarita, disfrutaba yo de la cultura perdida, observaba ella las columnas de piedra tallada y sus figuras. En los pasillos del museo tuve que retarla un par de veces porque estábamos ante objetos medievales y ella pretendía tocar todo con las manos. No había gente, era un día de semana caído en martes y en el pueblito catalán no afloraba el turismo.

A mí me alucinaba la historia de Cucufato, que la sabía de libro y siempre la había relatado como cuento nocturno para divertir, ella ignoraba que en cada rincón había oxígeno reciclado atravesado por el yugo, años de conocimientos secretos, de clausuras y de leche y queso de quienes no terminaba yo de ponerme en la piel pero que, de alguna manera, comprendía.

Callados, con algunas palabritas cada tanto (Margarita tiene 3 años), entramos a una sala del museo donde había una maqueta del monasterio a escala. Y no pretendía ser un croquis sino una situación representada: contenía monjes en una misa abierta y seis caballeros con espadas y violentos interfiriendo el momento religioso. Noté que el abad estaba en el altar pero siendo atravesado por el acero de uno de los caballeros y me despabilé. Giré la cabeza porque una boca habló detrás de mi. Era un hombre mayor, vestido de marrón y blanco, piel arrugada y nariz grande:

– Le explico la maqueta, joven. En el año 1348, Raimon de Saltells, un rico propietario de Cerdanyola del Vallés, decidió hacer testamento de sus posesiones. Dejó una pequeña parte de la herencia a su esposa Jacma, una gran parte a los monjes de este monasterio de San Cucufato y, pensando en la posibilidad de que su hijo apareciera algún día, le dejó 10.000 sueldos, cantidad suficiente para vivir de renta durante varios años. Adolescente y rebelde se había marchado de la casa, aparentemente por diferencias con su padre, y se desconocía su paradero.

Dos años más tarde, ya fallecido Raimon, reapareció el primogénito. Lógicamente se enteró de qué manera se había repartido el patrimonio familiar y puso el grito en el cielo al conocer el destino de lo que debía ser su herencia. Visitó rápidamente a Biure, el abad del monasterio, a quien su padre le había entregado la mayor parte de la fortuna. Después de muchos tira y afloja no lograron acordar y el joven Berenguer (así se llamaba) lo amenazó diciéndole que el plazo para devolver la herencia acabaría la noche de Navidad de ese año (1350).

Pasaron los meses, el año entero y ninguna nueva, ni un solo intento de parte de los religiosos de arreglar el asunto, y así, con el otoño terminado y el frío inminente llegó la definitiva noche de Navidad. El monasterio estaba rebosante y los monjes interpretaban los cantos previos a la celebración cuando de repente seis caballeros atan sus caballos al costado del portón, entran al templo y se dirigen hacia el altar mayor precipitándose encima del abad. Berenguer, delante de todos los fieles, dio un pequeño sermón, empujó un paso adelante al abad y le hundió la espada a través del espinazo, acabando con su vida.

Los caballeros vibraron al unísono con su grito de venganza, la Navidad fue de terror y golpeó a toda nuestra comunidad durante siglos. Berenguer, exaltado y borracho de vino, no se llevó el dinero, sólo asesinó brutalmente al obispo Arnau de Biure y se perdió cabalgando en la noche junto a sus cómplices- Concluyó.

– Oh. – dije yo- Es una historia impresionante. Estaba pensando que, en la Navidad de 2016, este evento cumplirá…

– 666 años- dijo el hombre

– Exactamente. Será bueno asistir, probablemente lo representen.

– Claro. Será dantesco, joven.

– Definitivamente. Me anotaré para actuar de monje!

Y me di vuelta y Margarita no estaba. Busqué con la mirada y no la vi, me preocupé. Caminé y por fin la encontré escondida detrás de una columna, con cierto celo en su cara; me acerqué, abrí sus manos y en ellas tenía algunas zanahorias pequeñas que adornaban, entre otras plantitas, los jardines del monasterio de la maqueta.

– Pero Margarita! ¿Qué hiciste? ¿Por qué tenés que tocar todo? ¿Por qué sacaste las zanahorias pequeñitas?
– Pero papito, saqué las zanahorias, pero no me las comí- Me explica
– Shhh, no digas nada. Vamos a casa que mamá nos espera con la cena, ya es tarde, llevemos la zanahoria para la ensalada.
– Vamos papito.

Saludamos al hombre. Bajamos las escaleras y nos fuimos.

Por JAVIER MALDONADO

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