CONVERSACIÓN EXTRAÍDA DE UNA CINTA ENCONTRADA

-Lisandro de la Torre dijo a su médico que había tenido un dolor en el corazón. Tras un rápido examen, el médico le dijo que el corazón no estaba ahí y, para que no hubiera dudas, le dibujó el corazón en el pecho. Ya en su casa, en el centro del dibujo, disparó Lisandro de la Torre la bala que lo mató.

-Comprensible. Mi padre fue secretario general de la campaña de la Alianza, y luego nombrado fiscal de la Corte Suprema, razón por la cual pasé mi infancia en Santa Fe con él y con mi madre. Y en efecto, una mañana lo visitamos con mi padre a Lisandro, antes de las elecciones del ’31; no recuerdo mucho lo que hablamos, yo era un niño. Tengo recuerdos borrosos de mi vida hasta los cuatro años, incluso hasta el día que debuté en la actuación, en el Teatro Nacional Cervantes, que no termino de recordarlo. A los seis, por influencias del secretario Germán Trabes y los demócratas progresistas, hice mi primer discurso público, y ahí mi recuerdo ya es completo.

-La gente a su alrededor habrá quedado muda, seis años y un discurso entre demócratas en los años ’30…

-La gente, en general, siempre me trató de acuerdo a los privilegios de ser un aristócrata, pero vamos, siempre pensé que lo de aristocrático es absurdo en un país de inmigrantes. Todo privilegio, pretendido o adjudicado a un ser humano, por la razón que sea, en cualquier tiempo o comunidad, carece de justificación y resulta torpe y triste. Y lo cierto es que yo tuve mis privilegios. Fui un niño que caminaba con Ortega y Gasset, por ejemplo, una vez me llevó al jardín botánico y me enseñó un bien que no he conseguido olvidar: la vocación irresistible de pensar. Eso es un privilegio. Otro privilegio fue cuando la tía Mimí me presentó al grupo Sur; recuerdo que discutimos con José Bianco sobre diversos asuntos de nuestro misterioso Dios; al caer la tarde, mientras oíamos llover, él me dijo que no me consideraba un niño precisamente.

-¿Su formación fue antiperonista?

-Mire, el 4 de junio de 1943 los militares derrocaron al gobierno conservador de Castillo, mi padre tuvo una reunión con el General Perón (que presencié) y éste le dijo que no vacilaría en tomar medidas autoritarias si fuese necesario merced a las conquistas sociales que pretendía. Dos años antes del 17 de octubre del ’45 describió la marcha triunfal de los descamisados, que los dirigentes estudiantiles no supimos apoyar. Con mi amigo Chacho, el 18 de octubre, comentamos que nos habíamos quedado mirando desde la vereda de enfrente.

-Entonces?

-En 1946 estuve preso. Me suspendieron en la universidad y decidí irme a estudiar filosofía a París. Estudié también abogacía y, por mis promedios altos, me becaron a Dallas para estudiar Derecho Comparado. Me vuelvo a encontrar con Perón en Caracas en el ’55. Nos dimos cita, yo viajaba en un barco que iba a Norteamérica. En la reunión le dije algo sobre los hombres y la civilización y él algo de los gorilas… que el pueblo argentino, como los gatos, tiene siete vidas, y que ni los gorilas ni nadie lograrían aniquilarlo. Lo comprobé años más tarde, lo comprendí años más tarde al General también.

-Es claro

-En Caracas ya teníamos algo en común: nuestro desprecio por la falta de sentido nacional y popular de los dictadores democráticos. Y es que hace cuarenta años las cosas eran distintas. Todos los estudiantes -sin excepciones- no es que estábamos en contra del peronismo, estábamos en contra de cualquier régimen militar, todos, documéntese usted sobre el caso, piense en el Che Guevara, por poner un ejemplo de conocimiento general.

-Sé que usted lo conoció por su hermano, ¿fue así?

-Bueno, bueno, antes y en Buenos Aires nos habíamos hecho amigos en los encuentros de dirigentes universitarios que combatían el fascismo del peronismo de los primeros tiempos. Ernesto representaba medicina y yo derecho. Ve lo que le digo. Años más tarde, en Punta del Este y trabajando con Frondizi, sucede lo que usted dice, que con mi hermano fuimos testigos (él ofició de intérprete) de un encuentro histórico bisagra: en un hotel del centro Guevara y Goodwin mano a mano.

-Entiendo que es una pena haber venido a entrevistarlo por motivos del cine y la televisión a usted.

-No! ¿qué dice? Hablemos del cine y de mi futuro en la televisión, le cuento estas cosas porque veo que le interesa, y le servirán. No se desanime…

-Claramente. Una cosa más si no es molestia y a lo nuestro: ya que menciona a Goodwin, mientras usted trabajaba en Hollywood estaba metido entre los demócratas americanos, donde tuvo tratos con JFK…

-Si, si, en 1963 exactamente lo conocí, una semana antes del asesinato. En Puerto Rico fuimos con Rafael Squirru a una reunión de dirigentes, políticos, empresarios, escritores (estaban Rockefeller, Torre Nilson, Juan José Castro) y de ahí a la Casa Blanca a visitar a Kennedy, quien dio su última audiencia antes de morir.
Mire esta foto, le estoy advirtiendo a Kennedy del kilombo que había en Dallas (yo había vivido 3 años en Dallas). Usé la palabra odio (hate) y él me dijo que “hate” con aire latino sonaba mas ominoso (ominous), infundiendo un temor mayor que el que se analizaba. Y qué decirle, sabemos que fue una barbaridad y yo tengo mi teoría, soy de los pocos latinoamericanos que lo sabe: a Kennedy lo mató el billonario H. L. Hunt. Vamos, no me mire así, detective no soy, pero tengo mis razonamientos.

– Muy rico el café. Hagamos la entrevista

– Déle hombre

(…) Fin de la cinta.

Por Javier Maldonado

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